El pasado 20 de Junio de 2026, recibimos en CEREDA Zaragoza a Philippe Lacadée -psiquiatra y psicoanalista miembro del ECF y de la AMP- con el que tuvimos el gusto de concluir el ciclo de investigación de este año en torno al tema que nos convoca: “Los niños y sus objetos”. La conversación de este encuentro se produjo a partir del siguiente texto. Agradecemos a Philippe Lacadée su generosidad para compartirlo y ampliar la transmisión a los lectores de AUCA.   

Variaciones clínicas del objeto bajo transferencia.
Del niño-objeto al objeto del niño.
Por Philippe Lacadée

Dos experiencias de la palabra nos mostrarán la pertinencia de la clínica de orientación lacaniana para captar algo de las diferentes apariciones de la cuestión del objeto en la clínica del niño. Alexis y Arnaud nos enseñan sobre la función y el valor de uso que hacen del objeto. Veremos también la función de objeto que tienen para sus madres, así como los objetos que sitúan en sus madres, ya sea el objeto pecho, el objeto fálico o el objeto a condensador de goce para la madre.


La primera sesión de Alexis, el objeto pecho y una transferencia de objeto

Ella había acudido a la consulta porque su hijo no paraba de gritar, de llorar y se negaba a dormir por la noche. Me estaba contando esa pesadilla cuando se sorprendió de que Alexis, que tenía 28 meses, al que nombraba como inquieto, estuviera tan tranquilo durante nuestra entrevista. Entonces empezó a gritar. Ella lo sentó en su regazo mientras seguía hablándome. Reconociendo ese grito, le dije: «Bueno, Alexis, ¿estás ahí?». Él desvió decididamente la cabeza hacia el cuerpo de su madre, le desabrochó la camisa y dejó al descubierto un pecho del que se apoderó con avidez. Empezó a mamar sin que eso pareciera molestar a su madre. Al contrario, su rostro se relajó, se volvió más que sonriente, casi alegre de ofrecerme esa imagen de un niño que sabía encontrar por sí mismo respuesta a su grito al introducirse así en el escote del Otro. Entonces Alexis se volvió muy rápido hacia mí, me miró con una sonrisa en la que no se podía ignorar la huella del goce, erguido sobre las rodillas de su madre, con el torso levantado, parecía desafiarme.

¿Acaso ese pecho como objeto no estaba a su entera disposición, poseyendo su goce, y para eso no bastaba el grito?

Pero Alexis no se quedó ahí. Hizo del analista, a su vez, su compañero objeto-síntoma corriendo por el despacho y cogiendo de mi biblioteca un objeto libro, la única revista de etnopsiquiatría que poseo. Fue un verdadero encuentro por iniciativa del sujeto, que se introducía así en la maniobra del Otro. Esa revista era, en efecto, la única revista negra —elegida por él, que es de origen africano— colocada en medio de toda una estantería de libros blancos. Fue fruto del azar.

La palabra que su madre pronunció entonces no fue tal. Para Lacan, son los azares los que nos empujan a diestra y siniestra y de los que hacemos nuestro destino porque hablamos.

Creemos que decimos lo que queremos, cuando en realidad es lo que han querido los demás, en particular nuestra familia. La madre de Alexis se echó a reír al ver la revista cuyo título era Dionisio: el mismo y el otro, y espetó: «¡Es increíble, Dionisio, el dios de la embriaguez!».

Aquí tenemos una transferencia de objeto: el niño toma todo lo que ve o quiere sin nombrarlo nunca, sin ni siquiera pedirlo; incapaz de separarse del Otro, toma su objeto del cuerpo de la madre y luego toma también el objeto del analista. La madre también, con su discurso, interpreta los hechos y gestos de su hijo, lo cual provoca inquietud en el niño. El objeto se convierte también en significante al entrar en un discurso.

Interpreté su grito como la respuesta del niño a la falta de separación del objeto de goce del que es portadora la madre, y tomé nota también del hecho de que a la madre le costaba separarse de él. Más tarde supe que este hecho está relacionado con «la evaporación del padre»[1] , con su incapacidad para situarse en esta historia de procreación y en la transmisión simbólica, como si el grito se convirtiera en lo que el niño exigía para continuar siendo uno con su madre.

Por cierto, me contó, durante una tercera sesión que debía ser la última, que al ver el título Le même et l’autre, había recordado la primera vez que su hijo se puso a gritar.

Fue durante una visita a la pediatra, donde su marido, muy deprimido desde el nacimiento de Alexis, le había confesado su dificultad para asumir esa paternidad. Ese hombre se había divorciado de su primera esposa después de pedirle que abortara, cuando ella estaba embarazada por primera vez.


El movimiento de la pulsión en torno al objeto:
La ventana contra Dionisio

Al ver cómo Alexis cogía mi revista, comprendí que ese objeto sustraído al Otro ponía de manifiesto una voluntad de disfrutar de él. Pero, sobre todo, al haberse capturado una parte del goce en el Otro —el psicoanalista—, este podía entonces actuar sobre ese objeto gracias al recorrido de su pulsión. ¿Cómo desentrañarlo de esa voluntad de goce, condensada en la omnipotencia de su grito, y pasar de ese goce al significante de la demanda, una vez establecido este nuevo partenaire-síntoma? Alexis, ante mí, realizaba allí el circuito del movimiento de la pulsión, que gira en torno al objeto de la pulsión en juego.

Siguiendo la orientación de la sustitución, de la que él había tomado la iniciativa, le propuse un intercambio de objetos: la revista a cambio del libro de Claude Ponti, La ventana, que cuenta lo que hacen Tromboline y Foulbazar cuando la madre los deja solos para irse a otro lugar. La ventana, en cuyo alféizar se sientan los dos pequeños personajes durante la ausencia de su madre, a cambio de Dionisio, el dios de la embriaguez, encarnación del goce inmediato, que se completa con un objeto directamente accesible.

La ventana, de la que sabemos que puede ser el soporte y el marco del fantasma, una vez perdido el objeto, ¿no era justamente la que podría permitir a este sujeto poner su existencia en perspectiva a partir del punto de fuga que enmarca?

Alexis accedió a este intercambio: la ventana a cambio de Dionisio. Le presté el libro precisando que me lo devolvería «si así lo quiere» en la próxima sesión; también le propuse a su madre que se lo leyera, para que le hiciera a la vez el don de la presencia y el don de la palabra. Precisemos que se trata del don de la palabra y no de su palabra. Sea la palabra como objeto.

No se trataba de inmiscuirse en la interacción madre-hijo, sino de hacer que la madre diera al grito de su hijo la dimensión de una palabra, pues, como precisó Lacan en La relación de objeto, «el don tipo es el don de la palabra»[2].


El significante
quiero en lugar del objeto, el objeto se convierte en significante

Ocho días después, Alexis vuelve con su madre, con el libro en la mano. No le hice ningún comentario, ni siquiera intenté recuperarlo. Al observarle mientras su madre me decía que estaba mucho mejor —ya no gritaba por las noches—, me di cuenta de que seguía buscando a Dionisio en el mismo lugar donde lo había vuelto a colocar. Solo que allí, justo antes de la sesión, había introducido un vacío: el libro ya no estaba en su sitio. Alexis se volvió hacia mí con aire interrogativo y señaló con el dedo índice la ausencia del libro mientras me lanzaba una llamada. Apareció entonces, en el marco de esta clínica minimalista bajo transferencia, el primer significante articulado de su cura, proporcionado por la repetición de una sílaba en la que se podía oír perfectamente «Quiero libro —quiero libro».

Allí donde ya no estaba el libro, Alexis comenzó a articular el significante de la demanda del Otro preguntando a su vez: «Quiero libro —quiero libro», y preguntándomelo a mí, que le había propuesto devolverme el libro «si él quería».


La fijación/ficción de Foulbazar

En la siguiente sesión, la madre me contó que, desde la vez anterior Alexis había recurrido al uso de la palabra y, en particular, a la palabra «concha». Observó que, provisto de ese significante, Alexis comenzaba a interesarse por su propia imagen, pero también por las imágenes del libro, preguntándole por la enigmática presencia de esa concha que había encontrado en las manos de Foulbazar. Alexis jugaba con su madre a aparecer y desaparecer detrás de la puerta de su habitación o debajo de su cama. No sólo tomó conciencia de su valor como objeto y de su posible separación de ella, sino que, sobre todo, añadió ella: «Ya no estoy obligada a darle su pecho». Había comprendido perfectamente que el pecho pertenecía al niño.

En la ficción de Claude Ponti, Foulbazar, sentado en el marco de la ventana, se da cuenta de que, mientras su madre está fuera, la ventana sale volando, lo que le permite entonces vivir experiencias ficticias absolutamente extraordinarias, en particular la de ir a la playa a recoger una concha. Cuando la madre regresa, la ventana y los dos niños siguen en el mismo lugar, pero Foulbazar tiene en la mano algo más que no estaba allí en el momento de su partida, un objeto tomado del Otro, a partir del lugar que ha quedado vacío por la ausencia del Otro, —una concha, equivalente a la bobina del fort-da—, con la que puede maquinar su fantasma, sus ficciones de viaje.

Foulbazar hace de este objeto, como objeto a, un uso de significante; es para él el equivalente a un S1. Le complace encontrar la concha una y otra vez como marca de respuesta de lo real a la ausencia del Otro. Objeto metonímico que siempre permite oír a la madre cuando está ausente, esta concha es también el significante S1 que lo (re)presenta cuando el Otro se va: esto es lo que soy.


La articulación de una lógica pulsional

La demanda de Alexis no podía surgir en él mientras se opusiera a su partenaire-síntoma como medio de goce. El síntoma traduce la insaciable exigencia de satisfacción de la pulsión, su voluntad de goce, «La gula del superyó»[3] . Es a partir de una demanda formulada por el Otro, aquí por el analista convertido en su partenaire, que Alexis se introdujo a sí mismo en el circuito simbólico del objeto concha inscribiéndose a su vez en la demanda. Se encuentra entonces en la iniciativa del circuito pulsional, mientras que el Otro, al acusar recibo de este punto de partida, lo autentifica. La marca de respuesta que recibe de este Otro le permite reconocerse como sujeto y ya no como objeto, el cual, al aventurarse en el circuito de la pulsión, quiere algo que va a buscar en el Otro. Esto va mucho más allá de la observación de que la demanda depende del código del Otro —como lo confirma el hecho de que es un significante introducido por el Otro el que es retomado por Alexis en forma invertida. Se ha pasado del «el libro si él quiere» procedente del Otro, es decir, un S2, a su «Quiero libro – quiero libro», es decir, su S1.

La demanda se origina en la brecha del malentendido del Otro. Es una falla, un agujero en el Otro lo que la hace surgir y es a ese precio que se constituye el efecto terapéutico en la medida en que se apoya en la lógica del circuito pulsional, circuito en el que el sujeto se introducirá, pero ahora rodeando el objeto. Cuando el pecho, partenaire sintomático de Alexis, ya no está ahí, indicando que para pedir es necesario que falte algo —un libro por parte del analista, una concha por parte de la madre—, allí donde estaba la voluntad de goce.

Lacan había subrayado esta particularidad: «Es ante todo para el sujeto que su palabra es un mensaje, porque se produce en el lugar del Otro». La demanda del sujeto proviene de ese lugar, pero eso no implica sólo que esté sometida a ese código. Alexis muestra que es primero en el Otro materno y luego en el lugar del Otro, presentificado por el analista, donde se articula la demanda del niño, mucho antes del uso de la palabra.

Si un niño muy pequeño puede volverse hiperactivo al rechazar el vínculo de goce demasiado fuerte en el que su madre lo envuelve sin saberlo ; si una parte de él consiente en encontrar allí lo que le proporciona cierto asentamiento, otra parte lo rechaza, produciendo o bien un síntoma del tipo de la enuresis, o bien una hiperactividad.


La puesta en juego del cuerpo del niño, como objeto

El niño es para Lacan un Otro que tiene algo que transmitir de ese saber fundamental inconsciente sobre el objeto que falta, sobre la Cosa incontrolable, que Freud había llamado Das Ding, sobre lo innombrable. ¿De qué está hecha la relación del sujeto con lo real? ¿Por qué el sujeto busca tanto protegerse de lo real, defenderse de su inconsciente, fabricarse un juego como equivalente de un fantasma para soportar su ser? El niño es quien se enfrenta a estas cuestiones y quien negocia el agujero con el que tiene que lidiar por el hecho de situarse en el lenguaje, agujero al que Freud había dado el nombre de castración.

No hay otro traumatismo: el pequeño hombrecito está sometido, como ser hablante, parlêtre, al régimen de la castración y es en esa medida en que se puede decir de él: es el «padre del hombre[4] », pues para él la castración no le viene de la amenaza del padre, sino del real en juego. En cuanto a la madre, lo que pierde tampoco es el cuerpo de su hijo, sino ese «objeto plus de goce» que le servía para velar o tapar su propio cuerpo y al que, en el malentendido más total, el cuerpo del niño ha venido a ofrecerle su presencia, de la que él tendrá que separarse.

El único traumatismo que vale la pena y no hay otro: el hombre nace malentendido[5] .

En efecto, si la hija busca recibir de su padre al niño como don, sustituto o promesa fálica, una vez convertida en mujer, recibirá y acogerá a ese niño como objeto a, y esto, tan pronto como empiece a moverse, a volverse turbulento, a agitarse en su vientre, como precisa Lacan, en su seminario La angustia, a propósito de la madre del esquizofrénico: «lo que había sido su hijo en el momento en que estaba en su vientre: nada más que un cuerpo inversamente conveniente o embarazoso, es decir, la subjetivación de a como puro real[6] . » Por supuesto, hay variaciones, pero «ese cuerpo diversamente incómodo o embarazoso» está ahí y concierne a esa parte de lo no-nacido, de lo no-realizado, del resto, otros nombres de lo real en juego en la acogida de un niño.

Es, por otra parte, por ahí por donde Lacan atrapó el estatus del cuerpo: «El cuerpo no hace su aparición en lo real más que como malentendido. […] Vuestro cuerpo es el fruto de un linaje, y buena parte de vuestras desgracias se deben a que ya nadaba este en el malentendido tanto cuanto podía»[7] . Para Lacan, el malentendido ya está ahí —es anterior, en el lugar del Otro que nos preexiste— en lo que él llamó el «parloteo de nuestros ascendientes». El traumatismo del nacimiento consiste en nacer deseado, deseado sobre el fondo de ese malentendido establecido de manera estructural hasta el punto de equivaler al cuerpo del sujeto.

Fruto de la reproducción de dos seres hablantes, parlêtres, de dos seres que hablan pero no la misma lengua, que no se oyen hablar, que, por lo demás, no se oyen pas-tout, algunos niños se hiper-activan, corren seguramente para no oír lo que los agita. Al darles la vida, los antepasados transmiten una herencia particular a sus hijos.


La terrible trampa del deseo del Otro y el Uno solo del laberinto

Arnaud, de seis años, es ese pequeño mâle-entendido [juego de palabras sobre la homofonía en francés entre mâle-masculino, y mal] de nacimiento que acudió a consulta por hiperactividad y un síntoma de enuresis especialmente persistente. Desde el principio, me cuenta, a partir del juego del laberinto, lo que Lacan llamó su «segunda biografía primera infantil», es decir, cómo se las arregla con lo que se le ha ofrecido en cuanto al saber, el goce y el objeto a.

Este juego del laberinto es un juego al que juega solo y al que llama «Uno solo en el laberinto». Se trata de encontrar un objeto que está colocado en el umbral de una de las tres puertas de salida del laberinto. Es su juego favorito, juega a él cuando se aburre: «o hago el laberinto, o juego con los legos».

Este juego del laberinto lo utiliza para explicarme su vida y, con ello, plantear la cuestión de su existencia ante el enigma del deseo del Otro. Antes de los dos años, cuando jugaba al laberinto, caía sin cesar en la terrible trampa caracterizada por la boca abierta de un perro que lo devoraba. Pero, precisa, «ya ves que no he caído ahí porque estoy aquí, ¿ves?, nunca he caído realmente ahí, siempre me equivoco en esta historia porque, en realidad, he pasado a otra cosa: la pandilla de amigos del colegio».

Ahora, cuando juega al laberinto, pone el dedo para seguir el camino. Su dedo le sirve de guía, le indica el camino a seguir para evitar la castración del Otro: «Entiendes? Así, solo se lleva el dedo».


La invención del juego de la cuerda y del cuchillo

En su relación con el Otro materno, ha creado un nuevo juego, el juego de la cuerda y el cuchillo. Juega a esto sobre todo con su madre, aunque es con ella con quien tiene más problemas, porque hace trampas —es su forma de enfrentarse al engaño del Otro. Su juego consiste en tender una cuerda entre él y su madre; cada uno, con su cuchillo, debe cortarla: “¿Lo ves?, ella frota el cuchillo contra la cuerda para que se desgaste más rápido!», lo que provoca su llamada «turbulencia» y le provoca una rabia desenfrenada.

Es a través de la cuestión del cuchillo como aborda el tema de su sexo, explicándome que por la mañana se pone sus calzoncillos de Tarzán, coge su cuchillo y se pone a correr por el pasillo para hacer lo que él llama «el Tarzán de su madre». Arnaud me señala el uso particular que hace de esos calzoncillos: le sirven para que su colita no se le caiga por debajo de los pantalones cuando está dura: «así no se me escapa, está bien sujeto».

Arnaud, al igual que el pequeño Hans, considera su pene como algo traumático: «Nunca siente que ese pene le esté unido de forma natural, lo considera traumático. Quiero decir que piensa que pertenece al exterior del cuerpo[8] ».

No hay otro trauma, la sexualidad es siempre traumática en sí misma[9] .

Al igual que el pequeño Hans, aún no ha logrado domar su pene con palabras[10] . Ese goce del cuerpo que aparece allí, sin que él lo sepa, se convierte en enigma e infiltra su «lalangue» en la palabra «cuerda»; Arnaud no ha recibido del Otro el significante que le hubiera permitido comprender ese goce e incorporarlo. Lacan sitúa en este punto preciso lo que llama «la pubertad psicológica muy prematura respecto a la pubertad fisiológica[11] , como momento de la fijación de un deseo sexual a un objeto. Este es el punto de origen de lo que agita el cuerpo.

Por el contrario, todas las noches, su madre le pone un pañal por la enuresis, pero probablemente también para que su hijo/ser sexuado no se le escape como un bebé, y siga siendo su objeto de interés excesivo.

Es ahí donde cobra todo su valor la palabra de su «lalangue» ficelle /filselle[12] . En efecto, es precisamente a partir de un cierto uso de su pene, cuando haya sabido dominarlo en palabra, que se realizará como hijo separado de ella. Esto es lo que descifrará en el equívoco del significante hijo/ella gracias al analista. Pero, por el momento, su cuerpo se goza en esta «lalangue» de ficelle y su parlêtre de madre, al ponerle un pañal, sigue, sin saberlo, manteniéndolo en este goce nocivo del que el hijo intenta separarse mediante el juego del cuchillo, pero siente bien que su madre hace trampa, que no tiene ningún deseo de hacerlo.


Del agujero negro de la chimenea al terrible agujero en el saber

Es a partir de este punto, en el que le cuesta mucho orientarse en cuanto a su sexo, cuando, en su cura, Arnaud indaga con insistencia en dos puntos concretos: la «cosa negra de la chimenea» y la «costumbre que no quiere quitarse en absoluto», es decir, que no quiere abandonar.

Se trata, para este niño, de un punto vital en el que está en juego su existencia, es decir, su relación con su madre; Arnaud siente que la cura va a poner en peligro este punto porque allí está solo, sin su madre.

La «cosa negra» que cubre la chimenea le intriga. No deja de fijar su atención en ella, de preguntarme, exigiendo una respuesta sobre lo que hay en ese agujero de la chimenea, no sin cierto desasosiego.

Se queda sin palabras; no todo puede revelarse y va a encontrarse con una revelación que es fantasmática. De hecho, a este respecto, ante ese agujero negro, elabora una teoría cloacal del nacimiento mediante la cual me explica cómo él, en su totalidad, puede pasar por el conducto de basura: «Me interesa el interior de la chimenea, incluso en casa me gustaría romper el conducto de basura, me gustaría meterme dentro para saber adónde va la basura. ¿Hay alguien ahí abajo, detrás de la basura? ¿Me sacará de ahí con la basura? Temo que haya algo que me retenga en el fondo porque, entonces, no podré volver a subir con los microbios, tocaré la alcantarilla». A través de la basura intenta atrapar algo de su ser como objeto de desecho, ese algo de sí mismo que perdió al nacer en este país del lenguaje.

Arnaud se pregunta: «Me como la cabeza intentando saber qué hay detrás de la cortina negra de la chimenea». ¿Acaso no nos había señalado ya Freud, en su conferencia «La feminidad», que «El enigma de la feminidad ha puesto cavilosos a los hombres de todos los tiempos[13] »?

Este punto de fuera del saber, que excede la simbolización del Otro materno, constituye un enigma para el niño. Arnaud ha abandonado el juego del laberinto, del que había sabido extraer un saber hacer con el enigma del deseo del Otro al ofrecerle solo su dedito. Me explica esto, por cierto, poniendo de relieve un fracaso y una escisión del saber pedagógico. Su conflicto con el saber pedagógico le provoca una especie de fractura psíquica: «Soy curioso, siempre he sido curioso, nací curioso por todo, siempre he querido saberlo todo. Todo, todo lo que hay que saber. Lo que hay que saber, lo sé por las noticias, por las películas, por los dibujos animados, por las peleas en el colegio… Cómo se fabrican los libros, el papel, la piedra, la electricidad, etc. Pero cómo pasa eso detrás de esa cosa negra de la chimenea, dentro de la chimenea, eso, lo que se aprende en la escuela, eso no me lo dirá… Eso es todo lo que quiero saber».

Esa cosa negra de la chimenea, ante la que se siente muy angustiado, debe entenderse como ese punto de apertura, ese ombligo de la cura que es la clave de lo real no reconocido, del que dice que ningún saber podrá nombrarlo. Esa cosa negra de la chimenea es una figura equivalente a la boca abierta, o a la cabeza de Medusa del sueño de Irma. ¿Qué quiere la cosa negra, qué quiere el conducto de basura? ¿Es mi ser de basura?, pregunta Arnaud.

La representación imaginaria que podría completar esta abertura —su teoría cloacal del nacimiento, en la que él mismo tiene entonces valor de objeto de goce, versión residuo— es una interpretación de ello. Sabe que ese punto no le está prohibido: «ya sabes, puedes enseñármelo, tengo derecho a ello, es como entrar en el conducto de basura, tengo derecho a ir, pero no sé si podré volver a subir».


La terrible costumbre: lo que no quiere soltar

Veamos ahora qué pasa con el hábito que no quiere abandonar. Arnaud se devana los sesos porque no entiende por qué su madre no viene a la sesión: «¿Por qué estoy aquí, delante de esta cosa negra, y ya no está mi madre? […] Estoy acostumbrado a que se quede conmigo. Quiero seguir con mi costumbre, no quiero cambiar mi costumbre, no me apetece nada, nada, nada. No quiero dejar mi costumbre, es que se quede conmigo, eso es todo, es todo lo que tenía que decirte, no quiero volver a venir a hablar contigo».

No se queja de su madre ni del pañal que le pone. Al contrario, me lo cuenta con un gozo de sí mismo desconocida: «Ya sabes, claro, me hago pis en la cama, pero con mi madre no pasa nada, es el pañal, ¿entiendes?, es la costumbre, así, no hay ningún problema. » Así es como este niño revela su versión del malentendido: entre la madre y el niño está el objeto «pañal», del que le cuesta liberarse. El pañal le es necesario para cubrir lo que de su cuerpo se vive como un agujero debido al encuentro traumático con la sexualidad que, como dice Lacan, viene a abrir un agujero en lo real. Allí donde él está sin palabras, el pañal viene a darle a la vez la idea de que su cuerpo se sostiene y de que no corre el riesgo de caer también en el agujero del deseo de la madre.

Montaigne llamaba a la costumbre una «complexión del cuerpo», y es precisamente eso lo que Arnaud no quiere soltar; para él está claro que allí se ha decidido una elección de goce. Sin embargo, a medida que avanza la cura, me preguntará si está prohibido «saber qué hay en esa cosa negra» o si está prohibida «su costumbre». El sentimiento de prohibición que surge no proviene del analista que haría de padre, sino que le surge a él, en la asociación libre, por el hecho de hablar y encontrarse con mi silencio, el silencio del Otro, ante sus interrogantes. El Otro no puede responder a ello. Sin saberlo, pone en tela de juicio que el hecho de ponerse a hablar consuma una separación en la que resuena la separación del objeto primordial, la separación de su madre. Y es precisamente eso lo que no quiere soltar, ya no quiere hablarme, no quiere simbolizar el goce en el lenguaje. Lo ha dicho todo, se niega a pasar por la palabra.


La agitación de mi bebé-campeón

De hecho, Arnaud se presenta en la vertiente de un más allá del simple niño-falo de la madre, se sitúa en el lugar del Ideal del Yo, del niño prodigio, del niño Dios que, según ella, «lo es todo para mí». Encarna ese objeto a condensador del goce del Otro materno. Apenas tiene cinco años y su madre ya quiere convertirlo en un campeón de motocross. Sus padres le han comprado una moto y todos los fines de semana su madre lo acompaña a las competiciones; ha conseguido una excepción a la norma que establece que las competiciones solo están abiertas a niños de al menos seis años, y ha conseguido una licencia especial. Esta mujer, que se pasa el tiempo reprimiendo el deseo de su marido, diciendo, cuando él era un apasionado de las motos, que nunca fue campeón y que, además, lo dejó todo al nacer su hijo y que desde entonces ya no vale nada, exclama: «¡Menos mal que lo tengo a Arnaud, él me llena de alegría!».

La mediación paterna es aquí puesta en entredicho por la madre, pero también por el niño, que se posiciona en una cierta negativa de pasar por el padre, quien deja que su hijo manipule el tornillo de su moto por su cuenta, no sin peligro, para gozar a su manera, para que su moto vaya aún más rápido. Desde este lugar de ideal sin mediación asegurada del padre, en lugar de disfrutarlo tranquilamente, Arnaud se encuentra con unos valores de goce que le desbordan a nivel corporal, haciéndole turbulento e hiperactivo. Se ve entonces presa de todas las influencias de los fantasmas de la madre, más allá de la simple lógica fálica. Arnaud se convierte en el objeto de la madre, que lo arrastra a todas partes, entre semana y los fines de semana, y que, por la noche, lo «acuesta». «Es mi bebé-campeón» o «siempre lo tengo a mi antojo», son sus palabras, que ilustran hasta qué punto no deja de querer «reintegrar el objeto amado y perdido», al tiempo que le ofrece una versión del pequeño mâle-entendido.

[1] Lacan, J. «La evaporación del padre», Revue de la cause freudienne. Intervención sobre la exposición de la Sra. de Certeau, “Lo que Freud hace de la historia. Nota a propósito de Una neurosis demoníaca en el siglo XVII”, en el Congreso de Strasbourg, el 12 de octubre del 1968, publicada en Lettres de l´École freudienne 1969, No 7, p. 84

[2] Lacan, J. Seminario IV, La relación de objeto, Buenos Aires, Paidós, 2008. p. 191.

[3] Lacan, J., «Televisión», Psicoanálisis, radiofonía y televisión, Barcelona Ed. Anagrama, 1977.

[4] Lacan, J., El seminario, Libro XVII, El reverso del psicoanálisis, Ed Paidós, p. 132.

[5] Lacan, J., «El malentendido», 1980, en Ornicar? n.º 22/23, Lyre, París, 1981, p. 12. (publicado solo en francés)

[6] Lacan, J., El seminario, Libro XI, La angustia, Ed. Paidós op. cit., lección del 23 de enero de 1963.

[7] Lacan, J., «Le Malentendu», 1980, en Ornicar? n.º 22/23, Lyre, París, 1981, p. 12. (no traducido al castellano)

[8]Lacan, J. (2012). Conferencias y entrevistas en universidades norteamericanas: Yale University, 24 y 25 de noviembre de 1975. En Otros escritos (pp. 565-578). Paidós. (Trabajo original publicado en 1976 en Scilicet 6/7)

[9]Lacan, Conferencia en la Universidad de Yale, 24 de noviembre de 1975, Scilicet 6/7, p. 22.

[10] Ibíd., p. 23

[11] Lacan, J. (2003). Los complejos familiares en la formación del individuo. En Otros escritos (pp. 33-96). Paidós. (Trabajo original publicado en 1938).

[12] Nota de traducción: se trata de un juego de palabras en francés, derivado de la palabra “cuerda” ficelle, homofónica con fils-hijo/elle-ella.

[13] Freud, S. (1979). 33.ª conferencia: La feminidad. En Obras completas (J. L. Etcheverry, Trad.), Vol. 22, pp. 104-125. Buenos Aires: Amorrortu Editores.