El niño angustiado y sus objetos

XXII JORNADAS DE ESTUDIO DE LA DIAGONAL HISPANOHABLANTE
“EL NIÑO ANGUSTIADO Y SUS OBJETOS”
“Lo importante no es sin embargo que el objeto transicional preserve la autonomía del niño, sino que el niño sirva o no como objeto transicional para la madre” [i]
Por la enseñanza de Jacques Lacan sabemos que la constitución misma del sujeto va a la par con el lugar del objeto: no hay sujeto sin objeto. Es ésta una banda de Moebius donde uno pasa a ser el otro y viceversa, ¡ambos son verdaderos partenaires! Tal es así que esa tensión marcará las vicisitudes con las que el niño se enfrentará de la mano o no, de un Otro primordial. De ese encuentro con el objeto surgirán las “teorías del Otro” como señala Daniel Roy en su texto “Los niños y sus objetos”[ii], dando lugar a que el niño pueda sentirse alojado, amado, rechazado, repudiado o ¡hasta amenazado!
Tenemos pues, un tablero puesto en marcha. Y unas piezas que son las del lenguaje, que dejarán su impronta, que anudarán objeto a la vez que anudarán sujeto; o por el contrario, las piezas desordenadas pueden dar lugar a un caos, cuando pegadas o completamente desconectadas quedan libradas a un capricho sin ley. Entonces, sin el auxilio de una extracción inicial -extracción primordial de goce devenido objeto a – no operará el principio de separación que es un principio ordenador, y tampoco se producirá la fijación a un S1 que comande.
La pregunta obligada entonces es: ¿Cómo opera la separación? Si el sujeto es objeto y viceversa ¿qué se introduce en la serie para que las cosas se ordenen de otra manera?
Es por vía del significante, de las palabras que circulan y que acompañan el baño de los afectos que recibe el ser hablante y la respuesta del sujeto a los acontecimientos contingentes, será lo que irá posibilitando que esta separación se produzca o no, ordenando el caos que vemos por ejemplo en el uso de las palabras, en los juegos iniciales de los niños. En el mejor de los casos, esos significantes producirán una significación que no es otra, que la del lenguaje que ancla y a la vez otorga plasticidad a los objetos, los sitúa, los convierte en “cesibles”[iii] y le da su uso, su función. ¡Toda una invención!
Ahora bien, proponemos explorar estas cuestiones a partir de la angustia en los niños. La angustia es el afecto que no engaña, ¿por qué? En primer lugar, porque Lacan reconoce en ella la vía de acceso a lo real, es decir, a través de la angustia se puede localizar lo que no puede llegar a decirse por otros medios.
Pero también, porque la angustia nos da la medida de qué estatuto tiene el objeto que está jugando su partida en ese sujeto. ¡La angustia es un fundamental indicador clínico!
Niños y adolescentes angustiados con dificultad para hablar, niños y adolescentes que no pueden estudiar porque una crisis mal llamada “ansiosa” les impide llevar adelante su rutina; niños angustiados que parecen no poder separase de su madre porque pareciera que de lo contrario el mundo cae, etc; son señales de la excesiva presencia del objeto, señal de que la angustia cuestiona de una manera “propiamente real”, acerca del objeto que es él/ella en el deseo del Otro. Involucrado el deseo, tenemos otro indicador entonces, de que el fantasma en el pequeño sujeto puede advenir; y que, con sus síntomas, y sus angustias podrá interrogar, a modo de denuncia, la verdad de la pareja parental.
La orientación clínica en estos casos es delicada pero posible. Persigue volver esa angustia operativa en lugar de eliminarla, para favorecer la constitución de un síntoma y así ir a favor del niño, en su oposición a ocupar el lugar del objeto en el fantasma materno. Esos intentos que emprende el niño de desrealizarse como objeto a del Otro, son momentos fecundos donde se pone a prueba el margen de “exteriorización del objeto a”[iv].
Pero también investigaremos el estatuto de la angustia cuando se presenta de manera masiva: estados de excitabilidad desbordantes; un cuerpo que no se sostiene, que cae; también exploraremos la imposibilidad de separación de los objetos o cuando la indiferenciación se extiende entre el objeto y el sujeto. “Él es el lobo”, nos decía Rosine Lefort, o el niño que “es” un perro, por ejemplo, o “es” un dinosaurio, sin la modulación de imaginario y simbólico que aporta el semblante, indicador de una ausencia de mediación simbólica. O aquellos casos donde se le quita al niño o al adolescente un objeto tecnológico que hace parte de su cuerpo y cuya reacción incontenible de angustia nos advierte de la vivencia de un cuerpo mutilado. No hay duda pues, de que entre el niño y el objeto no hay separación porque él mismo es el objeto. Así, capturado en el fantasma materno, deviene el “objeto” de la madre, y ya no tiene otra función que la de revelar la verdad de ese objeto[v].
Si el niño mismo encarna el objeto -nos dice J. Lacan- satura el deseo de la madre, “con su cuerpo, su existencia y su exigencia de ser protegido”[vi], obturando la posibilidad del deseo entre ambos.
Entonces, en esas partidas que el niño juega con el objeto, la posición del psicoanalista, del educador, del trabajador social, del pediatra, del psiquiatra, etc, señalan un punto de interrogación: ¿cómo hacerse partenaire de este niño, de este adolescente, para que la angustia localizada bajo transferencia, permita construir un espacio que de lugar a una salida diferente a la pura repetición?
A veces entonces, habrá que introducir nuevas fórmulas, “domesticar” al objeto, ser dócil a él, introducir un semblante a través del juego, de los dibujos, de los significantes, imprimir personajes o crear una superficie de cuerpo, para hacer que el peso del objeto ceda goce, se extraiga poco a poco, aligerando al niño y a la feroz consistencia del Otro, pero también, a sus fantasías y a su realidad simbólica.
La brújula será pues la angustia, pero como laboratorio para pensar el estatuto del objeto en sus múltiples formas, ahí donde el niño hace uso de ellos o al revés, donde el objeto domina y lo colapsa. Ocasión, por tanto, para dilucidar como los modos de uso de los objetos físicos preferentes en cada caso clínico, descubren la intimidad pulsional del sujeto. Os invitamos pues, a las XXII Jornadas de Diagonal Hispanohablante. Trabajaremos juntos para esclarecer las condiciones que permiten a la angustia condescender a otra cosa.
Ruth Pinkasz
Directora de las XXII Jornadas de Estudio de la DHH- NRC
EJES DE TRABAJO:
Localizaciones de la angustia. El objeto que antecede a la angustia: El objeto a es el suplente del sujeto, tal como enseña Lacan, en la medida en que el saldo del encuentro con el Otro, produjo ese resto. Es importante entonces localizar si ese resto opera o no y en que momentos puntuales, la presencia del objeto se positiviza tanto y de tal manera que el niño intenta desesperadamente, sustraerse de él. Puede ocurrir que la precipitación por volver a poner en falta ese objeto, disimule la angustia que soporta el niño y solo tengamos noticias de ella, por un acting out o por un pasaje al acto con los que el enfans ha intentado quitarse de encima el objeto que lo soborna.
El niño capturado en el fantasma materno y su angustia desbordante: El mito de la armonía irreductible entre el niño y la madre, nos advertía Lacan, debe ser levantado: si el cuerpo del niño responde como objeto a del fantasma materno, y se fija allí -no como una alternancia- será el niño mismo el que devenga condensador de goce, perdiendo la posibilidad de regulación de la satisfacción de su cuerpo. Muchas exaltaciones del cuerpo del niño, camufladas actualmente en diagnósticos de hiperactividad, o casos de violencias irrefrenables, pueden dar cuenta de esa captura. También su revés discreto: mortificaciones anoréxicas o aislamientos sociales teñidos de angustias silenciosas.
Función y usos de los objetos: El objeto que el niño porta, ¿ha podido convertirse en “cesible”? Si se ha logrado, el objeto cesible es un trozo separado que vehiculiza algo de la identidad del cuerpo del niño y de su modo de satisfacción. Podrá entonces metaforizarlo, ficcionarlo, ponerlo en falta, sintomatizarlo. En caso contrario, de que el objeto no sea cesible, parasitará al niño de pulsión. Proponemos esclarecer esa diferencia fundamental para orientarnos clínicamente y favorecer el uso de los objetos que convenga en cada caso.
Inhibición, síntoma y angustia: Estas distintas modalidades de funcionamiento subjetivo, ofrecen una lectura de la distancia que media entre el sujeto-niño y el objeto. En ocasiones, la separación del objeto no consigue terminar de efectuarse y la inhibición -como detención del acto- se hace presente, por ejemplo, en una fobia, o una inhibición para socializar o aprender. El síntoma en cambio, supone que el núcleo de goce condensado en el objeto a, ha podido ya comenzar a velarse con la envoltura de los significantes. La angustia por su parte, cierra el enigma acerca de lo que el sujeto es, como objeto, para el Otro.
El margen de maniobra con el que la angustia o la inhibición pueden llegar a sintomatizarse, dependerá de lo que el objeto enseñe en caso.
El analista como semblante de objeto: Devenir partenaire del goce que porta el niño a través de sus objetos, supone hacer el par con el pequeño, permitir que el niño aloje en el Otro de la transferencia, la intimidad de su goce. Oportunidad privilegiada para construir con él, los semblantes oportunos que se opongan a su objetalización. En algunos casos, implicará ir a favor de su defensa; en otros, por el contrario, molestarla suficientemente para volver el síntoma operativo.
NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
[i] Lacan, J. Alocución sobre las psicosis del niño. “Otros escritos”. Ed. Paidós, 1º edición 2012, Bs As, pág. 396.
[ii] Roy, D. “Los niños y sus objetos”. «Los niños y sus objetos» Por Daniel Roy – 2025-27 – Nueva Red CEREDA
[iii] Lacan, J. Libro X, La angustia. Ed. Paidós. 1º edición, Bs. As. pág.339.
[iv] Ibid, pág.386.
[v] Lacan, J. Nota sobre el niño. “Otros escritos”, Ed. Paidós, 1º edición 2012, Bs As; pág. 394.
[vi] Ídem.

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RESEÑA de las XXII Jornadas de Estudio de la Diagonal Hispanohablante Nueva Red CEREDA
“El niño angustiado y sus objetos”
Por María Verdejo (CEREDA- País Vasco)
El sábado 28 de febrero se celebraron las XXII Jornadas de Estudio de la DHH-Nueva Red CEREDA, bajo el título “El niño angustiado y sus objetos”. Este evento congregó a los distintos grupos que conforman la NRC-DHH junto con otros asistentes interesados en el estudio e investigación del niño desde la orientación psicoanalítica lacaniana.
La jornada viene precedida por el trabajo de cada uno de los once grupos que componen la NRC-DHH, tomando como brújula el afecto de la angustia como laboratorio para pensar el estatuto del objeto en sus múltiples formas, ahí donde el niño hace uso de ellos o al revés, donde el objeto domina y lo colapsa, como se lee en el texto de argumentación realizado por Ruth Pinkasz, directora de las XXII Jornadas de Estudio de la NRC-DHH.
La actividad tuvo lugar tanto presencialmente como en modalidad online, en la sede de Barcelona de la Comunidad de Catalunya de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis. La directora de la Comunidad, Irene Domínguez, enfatizó la relevancia contemporánea del tema abordado.
Omaira Meseguer, psicoanalista en París, miembro de la Escuela de la Causa Freudiana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, así como docente del Campo Freudiano, participó como invitada especial en la jornada. Durante sus intervenciones condujo la exposición del material clínico a través de preguntas y comentarios clínicos, epistémicos y políticos relevantes para el trabajo psicoanalítico con niños. La jornada concluyó con su conferencia titulada “Objetos hablantes”.
Esta jornada, se realizó sostenida a través de cinco casos clínicos, presentados por participantes de CEREDA desde diferentes lugares. En cada uno de ellos las intervenciones de Omaira Meseguer acompañadas de las preguntas de la sala, resaltaron la importancia de ese afecto que no engaña, como señara Lacan, que es la angustia, afecto que porta el real con el que se topó cada quien y que se revela como lo imposible de soportar.
Localizar quién está angustiado, dónde se localiza la angustia, a partir de qué momento, qué efectos produce, si se ha podido sintomatizar, si se queda desorientado sin anclajes, etc., son preguntas, señaló Omaira Meseguer, que deben ser abordadas en singular, en el padre, en la madre, en la maestra, en el analista, en la trabajadora social y en el niño.
No hay la angustia en forma coral, la angustia solo puede ser localizada en singular.
Entonces, abrirse a la pregunta sobre la localización de la angustia permite extraer, poner de manifiesto lo real en su relieve y supone tomarse el tiempo, de las entrevistas preliminares para responderla.
Este proceso resulta fundamental para desenmarañar la posición que el niño ocupa en la economía psíquica de cada uno de los padres, y el lugar que la institución le ofrece.
La primera mesa, bajo el título “Localizaciones de la angustia en el niño”, fue coordinada por Patricia Montozzi (CEREDA- Barcelona). Dos casos clínicos fueron presentados para el trabajo.
El primero de ellos, presentado por Diana Etxeberría (CEREDA-País Vasco), bajo el título “Un niño serio”, permitió extraer cómo para el niño y para cada padre se trataba de posiciones diferentes ante la angustia. Cada uno fue tomado por ella de una manera particular.
En este caso, se destacó la angustia que se instala para cada uno de los padres, a partir de unas coordenadas específicas de la vida del niño y las consecuencias para con su crianza, así como la posición que el niño adopta frente a ello.
Encontramos la localización de la angustia para una madre que se desborda ante una posibilidad de “fallo” en el desarrollo del hijo. Éste, el niño, permanece atrapado para ella como objeto angustiante del que ella no puede sustraer su mirada, atenta a los fallos, sin poder mirar al niño que le ofrecen los otros que lo acompañan. La madre queda sola frente a un padre que, ante los problemas del hijo, se cae.
El encuentro con la analista permitió separar el malestar del niño, su preocupación. Omaira Meseguer destacó la fina lectura psicoanalítica de la analista ante un detalle clave, el testimonio que porta un cuerpo siempre tumbado presente en las sesiones, lo que el niño muestra con ese cuerpo yacente, indicador clínico significativo de su posición subjetiva. Lo invita a tomar partido, “sentado», indicándole así, con esta interpretación, lo que él tiene que ver en ello, insuflando deseo, vida a un cuerpo que permanece tumbado. Este fino detalle clínico servirá para el niño de punto de partida para alojarse transferencialmente e iniciar el tratamiento que le va a permitir abordar su preocupación por “ un cuerpo patoso-fallido”, torpeza de su cuerpo que será entonces concebido como síntoma propio y singular.
Se extrae así el indicador clínico que orienta el tratamiento psicoanalítico con este niño, ese “cuerpo patoso-fallido” que lo coloca fuera del grupo de iguales. Esta localización va permitiendo al niño desplegar recursos para encontrar otras maneras de hacer con ello. Como señalaría más tarde en la conferencia de clausura, el niño encontró a través de la lectura del pequeño detalle la invitación para poner al trabajo su propio malestar.
El segundo trabajo, presentado por Paula Díaz, (CEREDA- Barcelona) bajo el título «El niño a-ver», trajo a primer plano, en este caso, cómo la psicosis materna pone a cielo abierto el estatuto de objeto del niño.
El niño, tras el parto, quedó colocado para ella como objeto a través del cual se hace presente el Otro malvado de la paranoia, del cual tiene que proteger al hijo y a ella misma como madre.
La pareja parental se rompe y el padre se aleja del niño durante los primeros años de su vida, sosteniendo su distanciamiento sobre un ideal de crianza madre-hijo.
Tras su vuelta y la preocupación del padre ante las dificultades que nombra como “no poder dormir solo”, solicita una consulta para el niño.
Es un caso que pone de manifiesto la importancia de la posición de la analista desde el comienzo. Las consecuencias de la intervención de la analista, que desde el inicio dio cobijo a las palabras del niño para decir lo que le pasa, se dejaron ver rápidamente. Apoyado en el padre, que ha llevado su preocupación por el niño durante el sueño, el niño decide desde el comienzo llevar a la psicoanalista sus sueños. Lleva su interpretación a la analista. Sus sueños lo inquietan. Hay un saber que el niño porta y lo pone al trabajo con la analista. Un sueño lo despierta. Se señaló la importancia de un sueño que despierta, para realizar un corte, una interpretación. Es una localización significativa.
La construcción del caso permite leer la aparición de lo que será el indicador clínico, esa “figura inquietante que mira desde el tejado”, manera que el niño ha encontrado para nombrar, para localizarla y subjetivar la angustia que lo despierta, que no le permite seguir durmiendo solo. Este trabajo se desplaza a los dibujos con los que construye una ficción que le permite poner un límite a ese goce escópico sin límite y tomar una posición de “basta” frente a la bizarrería materna. Esta posición producirá cambios que se van a introducir en la vida del niño y de la familia y, que le están permitiendo seguir con su trabajo analítico.
El caso permitió también situar cómo el padre es un instrumento del que servirse, a condición de que pase y pase, que no se solidifique, como en el caso del presidente Schreber.
Ambos casos pusieron de relieve como permitir que el niño aloje en el Otro de la transferencia la intimidad de su goce, ese malestar sobrante que lo mortifica, constituye una oportunidad privilegiada para construir con él los semblantes oportunos que se opongan a su objetalización, como destaca Ruth Pinkasz en el texto de argumentación.
En la conferencia, Omaira Meseguer señala que siempre es necesario diferenciar los diferentes “alguien habla”. Es importante saberlo porque ésto, recalca, va a orientar las primeras entrevistas: como se escucha lo que cada uno dice separadamente y no de manera aglutinada.
Tras un pausa para la comida, el trabajo se reanudó.
Tres nuevos casos tratados desde instituciones, bajo el título de “Lalengua y el Otro”. Función y usos de los objetos”. Coordinó la mesa Elena Genescà (CEREDA- Barcelona).
En el tercer caso, “no parar de una mesa a otra”, que era calificado por los maestros como arbitrario, mostró la presentación de Iván Navarro (CEREDA- Valencia) bajo el título “Los caminos de David”, la lógica que lo atravesaba. En este caso, la demanda del colegio a un analista orientado abrió un camino posible para que ese niño pudiera recibir otra mirada en la institución. Un niño que no podía coger solo, para lo que se valía de la mano del analista; ni dejar su cochecito, siempre en su mano, y que si se lo arrancaban, entraba en crisis, única manera de expresar que ese objeto y él aún no podían separarse. Un cochecito que no era tampoco cualquier coche. Hacía falta un trabajo singular orientado para ello, no una imposición producto de un protocolo universal, que desaloja la subjetividad y trata al niño como un objeto al que hay que reeducar. La institución dio cobijo a la intervención del analista, que, haciendo del tiempo un uso clínico, tiempo para leer lo que el niño mostraba en los recorridos y no para calmarlo, pudiendo concluir que este niño realizaba recorridos con ese coche concreto, pero que respondían a una lógica y, que ello era producto de un trabajo que lo implicaba y que había que tenerlo en cuenta en la clase. Sus maestros alojaron las propuestas orientadas por el analista, haciendo uso de las tarjetas, indicadoras de paradas… No fue sin consecuencias para lo pulsional. La pacificación se fue produciendo, y el niño pasó de un recorrido continuo al uso de circuitos, con paradas y con ellas, un islote de interés aparece para él, los autobuses, interés que se acompaña de un producción hablada, “venga, venga, el autobús!», que muestra cómo el niño es hablado; de dónde tomó esta frase, frase que se mostró como el indicador clínico que orienta el caso. Desde ahí, su analista le acompaña: sosteniendo sus construcciones, haciendo existir los caminos por los que transita su vida, ordenándola; haciendo existir las coordenadas simbólicas del tiempo, y del espacio, dimensiones que cobran relevancia para el niño.
Cecilia Espejo (CEREDA- Barcelona) presentó el material clínico bajo el título «Cacae: la invención de un borde para la angustia». En este caso O. Meseguer destaca el carácter de invención verdadera de este “cacae” dado que tiene que ver con lalengua materna. “Se cae mucho, que deje de caerse”, conforman la demanda de la madre.
Desde el primer contacto, aunque el niño llora permanece en el despacho, no busca a su madre, aunque ésta no ha podido cerrar la puerta del despacho, dejándola entreabierta.
El comienzo del trabajo es permanecer en el despacho, alzar los brazos hacia la analista y, haciéndose tomar en ella, caer como sin vida entre su cuerpo, dando a ver la posición de objeto caído que lo determina.
El indicador clínico para este caso, es el niño que está tomado totalmente por la frase materna, “M. se cae mucho.”, niño angustiado que cae todo el tiempo. Él está en posición de objeto, fundido en la frase, sin otra posición que la de mostrar dicha condición de objeto que cae constantemente. El sujeto está por venir, no hay lenguaje.
Encuentra una forma de desplazamiento a través de las bolitas de plastilina que entran en el ascensor, que suben y bajan continuamente, entran-salen, suben-bajan, mostrando pares de significantes para tratar la angustia.
Una apuesta de la analista en relación a las bolitas, “¿caca?” El niño responde, “no”, señalándose el pañal, un signo que denota una posición diferente que emerge y que servirá al niño para inventar este borde, “cacae”, frente a la determinación “cae”.
Este caso da a ver la importancia del tiempo, de ofrecer el tiempo para que el sujeto emerja, poco a poco. Hace falta tiempo para que haya indicios del sujeto, de ahí la importancia de hacer obstáculo al tiempo instantáneo contemporáneo.
El último caso presentado por Cristal Pozón (CEREDA- A Coruña), bajo el título, «Una casa en construcción», trajo a un niño capturado en el movimiento de un transitivismo continuo. Esta posición de continuidad absoluta señala una forma de locura, donde todo es posible, comer-ser comido, devorar-ser devorado, perseguir-ser perseguido, sin parar, sin posibilidad de cierre, soliloquios sin anclajes. Un objeto se privilegia en los encuentros con la analista, unas llaves, con un uso particular, cortar. Pero parece que no alcanzan para parar. Será el error de la analista al señalar “no se puede, o se está aquí o se está allí”, introduciendo esa disyunción, que precipita la aparición de la angustia, y, se queda quieta, parada. Un trabajo con la gramática, con la conjunción disyuntiva, “o” corta las aguas, se-para, permite esconderse del lobo, ponerse a resguardo de la mirada. Aquí la operación, en este caso, no es por los objetos, que no alcanzan.
Había un niño angustiado andando por ahí sin orientación, completamente perdido, con una excitación desbordada que no alcanza a parar.
El caso da a ver un indicador clínico preciso, la falta de la discontinuidad, angustia.
Omaira Meseguer remarcó la precisión de la construcción en cada caso donde la orientación analítica se deja escuchar claramente.
La jornada concluyó con la conferencia titulada “Objetos hablantes”.
A través de ella nos presenta un recorrido que se va deteniendo en paradas que fueron aportando indicaciones clínicas precisas, que orientan y hay que tener presentes en el psicoanálisis con niños.
El valor de las entrevistas preliminares para ir a la búsqueda de detalles ínfimos que permitan saber quién es el angustiado, dado que, en el trabajo psicoanalítico con niños es la primera distinción por hacer.
Destacando el texto Nota sobre el niño, de J. Lacan, como instrumento de orientación del que servirse cada vez, antes de recibir a los padres. Seguir la vía de los detalles para saber qué lugar ocupa ese niño para cada uno, en su subjetividad. Poder ir más allá de lo evidente, pero orientados.
Otra indicación clínica que no puede dejarse atrás es preguntarse por la forma de decir, por la pregunta sobre quién habla ahí, en esa frase, en esa palabra que itera, que repite. Un niño es hablado, él escucha, él atrapa y es atrapado por lo que se dice a su alrededor .
También, otra indicación clínica que los mismos niños enseñan, es tener en cuenta que cuando se angustian es porque hay un exceso, no por una falta, un exceso de pensamientos, de ficciones, de fenómenos extraños, un exceso que hacen vacilar el sentimiento de realidad; porque, cuando un niño no tiene la lectura de lo que le sucede, se agita, muestra su confusión, su angustia, su perplejidad. El niño muestra, muestra siempre, sin decirlo y a veces se queda atrapado en la angustia, sin salida, mostrando su sufrimiento. Es esta otra orientación clínica que debe acompañar al analista, los niños muestran y hay que estar especialmente atentos a lo que muestran. El niño utiliza diferentes objetos, juegos, dibujos. Es en el uso que hace con el material de la consulta que el niño muestra y el analista ha de poder leer lo que muestra, seguirlo a la letra, como cuando se lee un texto. Lo que los niños muestran es un texto que dan a leer, porque los objetos que usa son objetos hablantes, son miradas, son voces, bocas que devoran, son cacas. Y nos encontraremos con niños que pueden articular en palabras lo que en ellos se revela de la angustia, o podemos encontrar niños que han quedado aislados como cristalizando la angustia real.
Omaira Meseguer se detuvo en referencia a la angustia de devoración para terminar con un tema fundamental en el trabajo psicoanalítico con niños, el lugar que el cuerponiño ocupa en la madremujer. La clínica con niños es la clínica, señaló, de la madremujer como ya se destaca en el seminario IV, La relación de objeto de J.Lacan.
Con esta última orientación clínica se finalizó la XXII Jornada de la NRC-DHH que trascurrió en un clima de participación que, como despidió Omaira Meseguer, trajo un poco más de luz cuando estemos frente a los niños.
Las palabras de la directora de la jornada Ruth Pinkasz y de Lorena Oberlin (ambas de CEREDA- Alicante), en representación de la coordinación de la Diagonal Hispanohablante pusieron el broche a la misma.
